domingo, 20 de mayo de 2012

LA PALKACHUPA

William Ferrufino no conocía los transportes a motor, ni siquiera las bicicletas, cuando era niño. Cada semana, al acabar los días de clase, él y sus hermanos emprendían una caminata de cuatro horas para ir desde la comunidad de Atén (provincia Franz Tamayo, La Paz), donde asistían al colegio, hasta la tierra en la que sus padres vivían y cultivaban arroz y yuca. Allá pasaban el fin de semana y luego regresaban a la población cargados de víveres. Los niños hacían el camino jugando y, sin darse cuenta, iban empapándose de la vida natural de su entorno. Así es como William se fue percatando del comportamiento de un ave de tonos amarillos y negros de la que, sin saberlo, se convertiría en guardián.

En la zona conocían este pájaro como Chacarura, por la melodía que emite. Sin embargo, aunque era habitual verla para los habitantes de la zona de Apolo (donde vive la etnia leco), estaba desaparecida para la ciencia desde 1902. De ese año son los dos individuos, un macho y una hembra, que R.S. Williams capturó cerca de Atén para exhibirlos en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Pero hay un ejemplar aún más antiguo, que está expuesto en el Museo Zoológico de la Universidad de Copenhague (Dinamarca). La única información que se tiene de esa muestra es que se capturó en 1847 en algún punto de la región de La Paz, pero ni siquiera se sabe el nombre del cazador.

La denominación científica del ave es Phibalura flavirostris (P. f.), a la que históricamente se le ha atribuido dos subespecies: la P. f. flavirostris, conocida también como Tesorito, que habita en el sudeste de Brasil y cuyo descubrimiento se asigna a Vieillot en 1816; y una P. F. boliviana. Fue F. M. Chapman el primero en referirse a ella como una subespecie de la brasileña, en 1930, basándose en las muestras de los museos estadounidense y danés.

El redescubrimiento

En 2000, el biólogo especialista en conservación Bennet Hennessey llegó a la zona de Apolo para buscar al ave boliviana, bautizada como Palkachupa (cola partida, en quechua). Entonces, el experto, canadiense y residente en Bolivia desde 1995, visitó el Madidi en compañía de Rob Wallace, director de Wildlife Conservation Society (WCS). Éste recuerda cómo una mañana de aquel mes de noviembre en que salieron a escuchar los cantos de los pájaros de la zona, encontró a Bennett temblando a la vera de un camino: había escuchado el trino de la Palkachupa, un ave que se creía desaparecida desde hacía 98 años. Era todo un hallazgo.

Un tiempo después de aquel redescubrimiento, un técnico de la Fundación Armonía, Sandro Valdez, que andaba buscando la Palkachupa también por el Madidi, se encontró por casualidad con William Ferrufino, que entonces era guardaparques. Le preguntó si había visto por allí aquel pájaro. Tras describírselo, el guarda le respondió que no conocía un animal con ese nombre, pero que en Atén, su pueblo, había un plumífero igual a ése, al que llamaban Chacarura.

Ya en 2002, un equipo conjunto de Armonía y WCS tomaron las primeras fotografías de esta ave, grabaron su canto y hallaron algunos nidos.

Después de seis años como guardaparques, William comenzó a trabajar en 2007 con Armonía, monitoreando la población de Palkachupa en la zona de Atén, su comunidad. Para entonces, Bennett Hennessey llevaba ya cuatro años como director ejecutivo de la fundación que vela por la conservación de las aves y, tanto Armonía como WCS, estaban preparando programas para contribuir a la supervivencia de esta especie endémica.

La cotinga cola de golondrina (Phibalura flavirostris) está considerada como un tipo de ave compuesto por dos subespecies alopátricas (desarrolladas por separado por el surgimiento de barreras naturales en un momento dado), una brasileña y otra boliviana (ver recuadro pág. 3). Sin embargo, ambas están separadas por 2.500 km, aproximadamente y, además, presentan suficientes diferencias como para considerar a la Palkachupa una especie separada de la del país vecino, defiende su redescubridor, Hennessey.

El rasgo más característico de la Palkachupa, como su nombre en quechua señala, es la cola partida y larga. Mide entre 21,5 y 22 centímetros, su pico es ancho y corto, con cerdas alrededor de la mandíbula, y posee esbeltas patas. El macho presenta en la cabeza una corona gris oscuro, con un círculo central rojo fuego y de puntas negras. Sus ojos están enmarcados por un antifaz, negro también, con una franja blanca por debajo de él, que se torna amarillo-anaranjada en el cuello. Por debajo, las plumas negras alternan con otras que pueden ser de color blanco o amarillento, tono algo más fuerte (aunque siempre pálido) en el vientre que, cuanto más abajo y hacia los laterales, presenta rayas negras. La espalda y la cola son verde olivo con las puntas negras, mientras las alas combinan el amarillo de las plumas superiores con el negro azulado de las inferiores.

En la hembra, los colores son más apagados y la cola más corta.

El área de distribución es reducida: una pequeña parte vive dentro del Parque Nacional y Área Nacional de Manejo Integrado Madidi; la mayoría de los individuos habita en las sabanas y bosques semihúmedos de la zona de Apolo. El área total donde se puede encontrar este animal ocupa unas 120 mil hectáreas, que oscilan entre los 1.400 y los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Sin embargo, se calcula que la población es de tan sólo 800 individuos.

Es más sencillo ver el ave durante su época de reproducción, entre agosto y febrero. Entonces, sale de los bosques para anidar en árboles cercanos a caminos.

También a los que quedan aislados en medio de pastos, cuenta William, quien conoce bien la rutina de este tipo de cotinga a base de observarla día tras día.

Suele anidar asimismo en algunas rocas.

Uno de los árboles preferidos por la Palkachupa a la hora de anidar es el yuri, como lo llaman en la zona, del que también se alimenta (es frugívora-insectívora).

Con el liquen que crece en las ramas de estos árboles, las aves hacen sus nidos, en los que empollan los huevos entre 15 y 16 días. Cuando nacen, las alas de los polluelos tienen el mismo color que el nido, cuenta William. Los recién nacidos pasan sus primeros 15 días recibiendo comida pico a pico y, después de otra quincena, la familia al completo abandona el nido. Algunos serán reutilizados al siguiente año, asegura William. Él, incluso, ha tratado de facilitar el trabajo a los pájaros: ha amontonado liquen en las ramas de algunos árboles para que ellos sólo tengan que darle forma. Sin embargo, de los diez nidos artificiales que ha tratado de fomentar, sólo uno tuvo éxito: el yuri que ya había tenido un ponedero el año anterior.

Otro árbol de la zona que suele frecuentar la cotinga, cuando éste ofrece sus frutos, es el Didymopanax morototoni, conocido por los comunarios como guitarrero, y que abunda en los bosques.

Los árboles de los que se sirve la Palkachupa, así como los fragmentos de bosque donde vive, están amenazados por las quemas que los ganaderos realizan a fin de conseguir pasto natural para sus animales. William, que conoce bien la zona de toda la vida, cuenta que en Atén hay ocho estancias que año tras año se van comiendo el bosque. Además, ninguna de las áreas donde habita el ave cuenta con protección, ya que la zona del Madidi en la que se puede encontrar esta cotinga es aprovechada por los comunarios y, fuera del parque, los bosques de Apolo no cuentan con ningún tipo de protección. Ello, y su reducida población, hacen que la Palkachupa esté en peligro crítico, según el Libro rojo de la fauna silvestre de vertebrados de Bolivia.

La Fundación Armonía ha comprado un terreno de 49 hectáreas en Atén para convertirlo en una reserva comunal. Allí se van a plantar guitarreros y yurís, entre otros, para atraer al ave. Además, se vallará el terreno para evitar que entren las cabezas de ganado de las estancias colindantes. Sin embargo, esta medida no es suficiente. Por ello, se está preparando una campaña de concienciación de los ganaderos, para evitar que acaben con los árboles que han quedado aislados en medio de los pastos, y que usa la Palkachupa, así como para prevenir que sigan menguando las manchas de bosque.

Los que ya tienen clara la importancia del ave son los comunarios de Atén. Desde hace algunos años, a través de Armonía, se hacen talleres y concursos de dibujos entre los alumnos de la escuela local. Además, el centro tiene tres nuevas aulas que se han construido con financiamiento de la fundación. La finalidad es conseguir que toda la comunidad sea consciente de la importancia del ave, que es única en el mundo, y que del cuidado del ambiente que tengan los habitantes de Atén depende, en gran medida, la supervivencia de esta especie endémica. Incluso Armonía plantea fomentar el turismo gracias al ave, y mejorar así la economía de los lugareños. El proyecto apuesta por incluir en la ruta una visita al valle del río Machariapo, a 45 km de Apolo, una zona rica en diversidad de aves; además, este municipio es la otra puerta al Parque Madidi (Rurrenabaque es la más conocida por los viajeros), aunque existen problemas con algunas organizaciones campesinas, explican en Atén, que impiden el desarrollo del turismo en la zona.

Las condiciones de vida son algo duras en este rincón del país en el que viven 60 familias. Atén se fundó en 1699. Su nombre es una palabra en rikha, la lengua originaria de los lecos, que significa “podemos”. Aunque queda poco de este idioma que ha ido perdiendo fuerza frente al quechua, traído por los incas, y por el castellano.

La primera carretera que llegó al pueblo fue la que lo unía con Mapiri-Caranavi-La Paz, en 1975. Hasta entonces, no había luz, teléfono, agua potable, transporte motorizado, ni tan siquiera bicicleta. En aquella época, hasta la sal era un lujo: kilo y medio de esta sustancia era un sueldo mensual. Aún hoy, aunque hay otro camino que pasa por Apolobamba y Achacachi, llegar o salir de aquí no es tarea fácil: hasta La Paz son, mínimo, 14 horas de viaje que pueden ser más en función de los derrumbes que pueda haber en el largo tramo a través de los Yungas. La mayor parte del recorrido, además, es por una pista de tierra que, en los meses de lluvia, se vuelve de fango y deja el camino lleno de marcas de ruedas perennes. El aeropuerto de Apolo, que se encuentra cerrado por obras de ampliación, se abrirá, previsiblemente, a lo largo de este año, lo que facilitaría el acceso.

La gente vive de la agricultura, la ganadería y algunos del incienso. Con mulas cargadas de víveres emprenden una caminata de cuatro días hasta un lejano cerro, que ya es parte del Madidi. Allí recogen la gomorresina que ha ido emanando de los troncos de incienso a los que se les practicó una corte durante el anterior viaje. Se realizan nuevas incisiones y, tras 15 días, los comunarios regresan a casa con un quintal del producto. Alrededor de tres meses después, regresan por el nuevo incienso.

Debate internacional

El año pasado, el SACC (Comité de Clasificación de América del Sur, en castellano) recibió la petición número 494 que propone elevar a la Phibalura flavirostris boliviana al rango de especie. Hennessey es un ferviente defensor de que la Palkachupa es una nueva ave y, ahora, el Comité tiene que votar una resolución, aunque no hay fecha para ello. En internet se puede consultar la proposición (http://www.museum.lsu.edu/~Remsen/SACCprop494.html) y las opiniones de distintos organismos que componen el SACC. Hay tanto a favor como en contra.

Mientras tanto, William Ferrufino sigue saliendo cada día con sus prismáticos a observar el entorno y a llamar a las aves, de las que imita el canto. Comenta que cada año menguan las hectáreas de bosque, algo que corroboran los estudios de Hennessey: viene sucediendo desde hace 100 años. No se sabe cuántos individuos había entonces de la P. f. boliviana, pero ahora que está registrada la especie, se ha contabilizado 800 individuos, y tanto la gente de Atén, como los técnicos de la Fundación Armonía y WCS, no están dispuestos a permitir que la Palkachupa desaparezca de nuevo; porque si no se le brinda protección, esta vez su ausencia podría ser para siempre.


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